Col Tempo

La mirada del pintor

¿Qué ofrece la mirada de Francisco Rangel en esta mundana visión de fotogramas de películas y de paisajes urbanos? Sin duda apunta al espacio imaginario del juego de espejos, un lugar tan indefinido por su naturaleza abstracta como preciso por la consistencia de la imagen pictórica. Un espacio dominado por el vértigo entre la sutileza de la evocación y la opacidad de la imagen; un ámbito en el que se fijan líneas paralelas inalcanzables, capaces de llevarnos a reinos inexplorados, y donde también colisionan lo cotidiano y el deseo provocando el conflicto que nos hace fuertes en la debilidad.

¿Cómo se llega de la mano de Francisco Rangel a este lugar profundamente entrañable y a la par inhóspito, que es el lugar del arte, de la experiencia estética y de la identidad? La clave parecer estar en el ejercicio riguroso del oficio de pintor. Un oficio que se presenta pulcro, medido y, sobretodo, inequívocamente transparente. Francisco Rangel ha pulido las imágenes, pero no para el brillo exquisito que avive la belleza, ni las ha salpicado de gestos expresivos que busquen la complicidad del espectador, ni de retóricos y vacíos trucos que exalte el entendido. La pulcritud de las imágenes es sin duda la intencionalidad que orienta la técnica en estos cuadros. Es la pulcritud que ha de permitir que lo indefinido, lo imaginado, se vincule a lo preciso, a lo concreto de las imágenes. Es la pulcritud que ha de facilitar la refracción de la imagen en nuestro recuerdo y excite nuestro deseo.

Este conjunto de obras constituye una prolongada interrogación, no sólo sobre nuestro recuerdo, sino también sobre nuestra sensibilidad. Francisco Rangel ha dejado en el aire unas imágenes, sutiles y poderosas, con las cuales nos enfrentamos. Con estas imágenes no cabe el diálogo fácil, cómplice, ya que no están trufadas de guiños, sino que se presentan con el rigor del oficio, de la técnica, que se ha transformado en intención y, en este caso, en transparencia. Obviar esta técnica, esta intención, es alejarse de los cuadros, distanciarse de la pintura, renunciar a la percepción de lo artístico. Este punto es crucial tanto para el espectador como para el pintor; en él es donde tiene lugar el encuentro íntimo con lo artístico. La experiencia que propone Francisco Rangel no es la de retener, y enfatizar, la rebeldía de Elliot, la mirada lejana del personaje de “Europa”, la arquitectura de la estación de Turín o la visión holandesa de su plaza, el desamparo del niño de “Lengua de mariposas”, las sonrisas fragmentadas en el paisaje de “Los idiotas”, la dura belleza de “Malena”, y así un largo etcétera, sino la de combinar técnica e imagen, oficio y visión.

En los cuadros de Francisco Rangel no hay búsqueda de lo verosímil. Su técnica no está marcada por la reconstrucción de la imagen, el fantasma de la figuración está lejos, aunque siempre amenazante, sino que se ha dejado penetrarse por otras configuraciones, sin duda poderosas como el cine y la fotografía, de manera que en el ejercicio pictórico renazca el proceso productivo de lo artístico.

Félix Guisasola
Madrid, 2004

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